Un piojo capaz de arrancar una lágrima

La platea baja tiene un aroma especial… A pasto. A cancha. Tiene esa magia de sentir el impacto del botín contra el balón. Seco. Crudo. El grito del capitán…

En ese sector me encontraba esa tarde. Como casi siempre. Me gusta estar mas arriba para tener mejor panorama del juego, pero de tanto acompañar a mi viejo me hice un vicioso de la platea baja. Pero bien baja. Primera fila. Lo mas pegado al pasto posible. Ya había quedado atrás la intriga. El “Piojo” tenía tres partidos jugados con la camiseta de Chacarita y había demostrado que no había venido a utilizar la enfermería sino a jugar. Ya la incógnita era certeza. Y fue una gran certeza cuando convirtió el gol del ascenso. Pero eso sucedió en otro momento. Más adelante. Además no quiero descuidar el eje. No es este un espacio dedicado a reivindicar ascensos ni descensos. O a medir la grandeza de un club ni de una hinchada. Este espacio. Esta hoja virtual. Este pequeño recondo de sueños. Esta bitácora de historias. Historias de la redonda. Pero que van más allá de la redonda. Este sofá terapéutico, es donde explotan los corazones con las cosas que besan el espíritu y acarician el alma. Y ese día, como casi siempre que piso una cancha o una tribuna de un estadio, sucedió algo que me hizo poner los pelos de punta realmente. Sucedió eso que te deja mirando el infinito, con ese caldo de sentimientos cruzados y frases que parecen explotar de la garganta pero quedan atravesadas sin salir. Cuando no tenes ni idea de cómo hilvanar la historia. Ni te imaginas que queres decir, porque no terminas bien de sentir… No logras diferenciar las penas de las glorias. Y parece casi estúpido estar hablando de esto, pero es tan simple que merece ser contado. Simple y complejo. Calculo que se entiende la idea. Así es el futbol. Simple y complejo. Así es el fútbol, un ladrón de sonrisas. Y de lágrimas… Y el “Piojo” Damian Manso fue un punga por la tarde. Y no me avergüenzo. Ni de la lágrima ni del ladrón. No hay genios y poetas solamente donde las luces alumbran. Los hay también en la oscuridad. O a media luz. Donde pocos los ven. Y quizás esos son los mejores.

Creo que es fundamental  aclarar la maniobra que ejecutó el malviviente para arrancarme una lágrima. Creo que fue una sola, como mucho dos. No quiero caer en el falso testimonio. Pero tampoco estamos aquí para contar lágrimas. Basta con saber que fue una. Basta saber qué tan grandiosa fue la simpleza del artista;

Tomó la pelota en la mitad de la cancha, campo adversario. Mas precisamente unos metros delante del circulo central. (Ya cuando la paro dije; “¡¡¡La puncha!!! Este es distinto de verdad. Yo sabia que la tv no siempre miente”) Miró tan rápido como un león a la caza y la colocó entre dos defensores para dejar al delantero mano a mano. La jugada fue casi trivial. Una jugada más. De cualquier cancha. Pero el pase fue “de cachetada y al pie”. Y como estaba pegado al césped, sentí el ruidito ese que mencionaba al comenzar esta confesión. El “10” miraba atento la trayectoria de la pelota. La gente rogaba que el “9” la meta al arco. A mi no me importaba más nada. Estaba feliz, con el asalto a mis emociones. Con la lágrima ya casi en la mejilla.

 

Nicolás Diana

@nicodiana90

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